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¡Sorpresa!... Al universo no le importamos

Foto del escritor: Greg Arciniegas
Greg Arciniegas
16 jul
5 min de lectura
Fotografía de la serie Figure and Form de David Adegran
Fotografía de la serie Figure and Form de David Adegran

Un deslumbrante degradado de nubes y colores se posaba detrás del alba de Sabana Centro para mi entero deleite. Creo que ese fue el recuerdo más lúcido de mi último día del semestre académico. Aunque recuerdo, más que todo, estar atrapado en el protocolario trancón de la Autopista Norte a las cinco de la tarde. Pese a que esa delicia de insumo visual era suficiente para entregarme de lleno al momento, mi mente se escapaba a otro mundo por sí sola. Porque ni la música ensordecedora de mis audífonos ni el chillante reflejo de los acabados metálicos del bus me traían de vuelta a la realidad de atardeceres y trancones.


Tras sobrellevar un semestre sin penas ni glorias, me repetía una y otra vez: ¿Por qué me siento tan incomprendido por los demás? ¿Existirá alguien capaz de entender toda la complejidad de mi ser? Para luego, y gracias a mi bondadosa cognición, rematar con un: ¿Por qué me cuesta tanto sentir y demostrar emociones? Curiosamente, casi 100 años atrás, el filósofo, dramaturgo y novelista Albert Camus se cuestionaba lo mismo. Sin duda, una inquietud que termina circunscrita a nuestra existencia y condición humana, y que, en su caso, se tradujo en la escritura de su primera novela, El extranjero, publicada en 1942. Donde la vida de Meursault, un joven residente de la Argelia francesa del siglo XX, es confrontada con las mismas preguntas que me planteaba yo en ese mar de carros dibujados por los rayos del sol e hileras de potreros en el horizonte que parecían extenderse al infinito.


Camus no solo escribió a su protagonista para enfrentarse a su existencia, también lo construyó con el fin de encarnar los mismos pensamientos solitarios que me atormentaban aquella tarde. A lo largo de la novela se perfila a Meursault como un joven adulto cuya trascendencia e importancia por la vida es nula. No cree en el valor del amor, la importancia de las amistades, e incluso rechaza todo dogma que le dicte cómo pensar y qué hacer con su vida. Resultando en un hombre que se rige por la inmediatez y el disfrute de los placeres físicos, viviendo única y exclusivamente en la comodidad del presente. Precisamente por esto, Meursault es castigado por los estándares morales de la época que, aún hoy en día, prevalecen en las sociedades occidentales. Por este comportamiento es catalogado como un ser egoísta y monstruosamente insensible. Porque resultó más atroz para el orden social despreciar el cariño de una madre que asesinar a un hombre a quemarropa.


Es paradójicamente brillante una figura como Meursault, ya que no es malvado ni inconsiderado por voluntad; sencillamente se comporta así porque es su pragmatismo quien le instruye que todo carece de importancia. Y esto mortifica profundamente a la sociedad que lo rodea, que no logra concebir un espacio para "los desviados", "los raros" o "los locos" que sencillamente no encajan en la norma social.


Precisamente para la línea de pensamiento que inició Camus, esta contradicción resulta, en esencia, absurda. Los códigos sociales, las conductas y las estructuras para darle sentido a la vida muchas veces son insuficientes y resultan vacíos de respuestas ante la confrontación de personas como Meursault. Y es que, aunque no lo parezca, razón tiene el absurdismo cuando nos expone una cruda verdad: el universo y la naturaleza son indiferentes a nuestra existencia. La vida existe y ya. Es el intelecto humano quien determina lo bueno o lo malo, lo bello o lo feo e incluso cómo y por qué nos comportamos de ciertas maneras. Piénsalo de esta forma: las raíces del árbol no se aferran sobre la vieja fachada para demarcar el paso del tiempo; las lluvias más tempestuosas no se dan para darle más dramatismo a los funerales más dolorosos; ni el sol brilla con mayor intensidad al ver que nos encontramos de buen humor.


Camus estaba adelantado a su época cuando escribió un personaje que, incluso en el contexto actual, parece de los pocos capaces de aceptar esta verdad.


Aun así, antes de ser una consideración deprimente sobre nuestra condición humana, esta perspectiva nos enseña y expone la fragilidad en el fundamento de las sociedades. Los sistemas y constructos sociales creados por el ser humano no le dan al cosmos un sentido único o totalitario, solo satisfacen nuestra necesidad de querer otorgárselo. Esta filosofía concluye que es absurdo insinuar la imposición definitiva al sentido del universo y de su inherencia en la raza humana porque no se puede explicar nuestra existencia por encima de lo que la mente humana sea capaz de idear.


Personalmente, encuentro un grado de aplicabilidad al absurdismo que, contrario al desenlace de la novela, puede resultar positivo para el buen vivir. Partiendo de la base de que esta indiferencia universal nos da absoluta libertad de escogencia. En otras palabras, contrario a un destino premeditado, nosotros los seres humanos estamos en nuestra única y entera potestad de forjar nuestros caminos. Es tan sencillo como mentalizar que podemos hacer de nuestras vidas tan miserables o disfrutables como queramos. Incluso, podemos liberarnos de los rígidos constreñimientos de los sistemas y de las normas sociales cuando empezamos a considerar que el mundo no se va a acabar si decidimos cambiar completamente el rumbo de nuestras vidas.


Resulta, en últimas, gratificante porque el mundo seguirá igual hasta el último átomo, mientras que la libertad que poseemos estará disponible indefinidamente. La tierra seguirá girando sobre su eje, el sol de las mañanas seguirá acariciando las cordilleras y los ríos seguirán sin descanso por el caudal. Y todo esto sucede independientemente de que se viva en x o y lugar, se adorne o cambie el aspecto físico, o que, de lleno, se dé un vuelco absoluto en las convicciones ideológicas. Porque, así como lo personifica Meursault, al cosmos simplemente no le importa.


Aunque no rehúyo ni puedo ignorar la posibilidad de que el propósito de un individuo sea coartado y presionado por factores externos, o las decisiones que tomamos afecten y limiten directamente a nuestros pares, Camus le hace notar al lector que no es un destino premeditado o el universo mismo quien decide sobre el individuo; son, en cambio, los intereses y voluntades de personas quienes cargan con esa responsabilidad. De hecho, el absurdismo resalta al mismo humano como el único responsable de construir estas lógicas y sistemas sociales. Esto se ve tan claro cuando se deconstruye la lógica detrás de la moral, las relaciones afectivas o la religión, por mencionar algunas. Estos conceptos, en el fondo, proponen un orden, estructura y jerarquía al pensamiento humano ante el caos del mundo que llevamos habitando desde tiempos remotos.


Así que, cuando regreso a esa tarde de meditaciones solitarias en el transporte público, termino por encontrar valor y razón a esas inquietudes. Porque a la larga, nadie está exento de sentirse extranjero de sus emociones o de su contexto diario, ni sentirse profundamente traicionado por todo lo que creía conocer y aceptar. Quizá todos, en algún punto de nuestras vidas, llegaremos a experimentarlo. Aquí la primera novela de Camus simplemente busca explicar el porqué llegamos a idear este tipo de preguntas. Para algunos el ejercicio resultará deprimente o abrumador, pero para mí resultó profundamente revelador. Porque, así como decidí presenciar esa paleta de naranjas y nublados amarillos (incluso si el fenómeno no existe ni ocurrió para mi consuelo), siempre tendré la potestad de seguir eligiendo al azar la mirada al cielo, y, sobre todo, de seguir fascinándome de aquellos colores y texturas hasta el último día de mi paso por la tierra.


PD: Como siempre, gracias infinitas a mis editor@s de confianza

 
 
 

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