Palpitando al son del ruido
Actualizado: hace 2 días

Mójate los labios y sueña
— Secuencia Inicial, Soda Stereo
Dentro del amplio espectro musical, hay un sonido particular, a la merced del ritmo. Un grito del artista que proviene desde lo más profundo de su ser. El cual busca manifestarse en potentes riffs de guitarras hiperprocesadas y resonantes sinfonías. Es un conjunto de melodías que, entre inmensas capas y distorsiones, construyen paredes de sonidos que parecen contagiar todos los sentidos. Son meticulosas cacofonías que coquetean con lo onírico, y que a veces responden a un sentimiento trastocado por el dolor, y otras veces buscan generar un caos musical inclinado a las sensaciones más coléricas que las palabras no son capaces de manifestar.
Ahora, imagina un corazón latiendo al compás de este ritmo. Ritmo el cual parece estar inscrito en lo más profundo de nuestra consciencia, punzante y abundante de vida ¿Qué pensarías de un corazón que propiamente no es humano, sino hecho de fina bisutería, texturas plásticas y rebosantes colores que marcan un ritmo olvidado, pero que está inscrito desde que tenemos conciencia en la tierra? Este corazón, este singular ritmo, orbita entre objetos sintéticos y cristalinos, una cosmología musical propia, en donde lo artificial porta una belleza única y la crudeza de la tecnología también es capaz de crear caos desde sentimientos profundamente humanos. Este mensaje tan particular se nos presenta como portada del disco que en esta ocasión vengo a compartir.
Y si también te estás preguntando cómo suena este sonido, refiérete a Dynamo, una de las obras cumbre y de las más incomprendidas de una de las bandas latinoamericanas más relevantes de los últimos tiempos: Soda Stereo. Publicado un ya lejano octubre de 1992, es un récord que marcó y sigue marcando precedentes únicos en uno de los primeros roces entre la música rock pop y sus vertientes más alternativas. Siendo este álbum el pionero para lo que sería el futuro de la música electrónica y el Shoegaze latinoamericano.
Claro que este no siempre fue considerado un clásico de culto. De hecho, en su momento ni siquiera gozó de éxito comercial. El cambio de disquera de la banda argentina, al ser el último contrato con Sony, solamente les brindó pequeña publicidad del disco y una gira con pocas fechas a nivel mundial. Ni una pizca de justicia se le hizo a la obra. Además, las críticas del disco no fueron benevolentes. Era común oír que la voz de Gustavo quedaba en un segundo plano, que las letras eran muy confusas, parecían encriptadas y que la finalidad del álbum y su concepto eran muy radicales al resto de la discografía de Soda. Así que, en la escena musical latinoamericana de principios de los 90, en donde reinaba el pop de Shakira, el rock de Caifanes y el reguetón temprano, este disco fue el “patito feo” de su época.
Sin embargo, este es uno de los casos en donde el tiempo sabe del poder de la reivindicación, y este disco lo único que ha sabido hacer es dejar las críticas atrás, ya que con cada año que pasa, añeja como si de un vino fino se tratara.
Este récord está marcado por la innovación, la experimentación y la búsqueda constante por romper vanguardias y estructuras preestablecidas. Es decir, un espíritu y concepto que en su esencia es rebelde, capaz de integrar lo desconocido al sonido con las técnicas características de Soda. Ya que tras venir del éxito gigantesco que provocó Canción Animal, precisamente Gustavo, Zeta y Charli sabían que su siguiente paso era “deconstruir” todo lo que plasmó su anterior álbum de estudio. Su tarea fue deconstruir un rock que había madurado en su totalidad, un rock de estructuras predecibles y las cuales tenían material de hits como “Música ligera” y “Entre caníbales”.
Con esa semilla sembrada, el trío argentino buscó, mediante la influencia del Madchester, la electrónica, la mano amiga de Daniel Melero y el Shoegaze, un sonido que logrará indagar en el ruido y en el caos de las reverberaciones. Pero también, en la pérdida, los diferentes matices del dolor y la incertidumbre detrás de la reinvención de su sonido. Todo este conjunto de elementos se selló en un solo objetivo: alcanzar sensación sonora más etérea que terrenal.
Ameba es un claro ejemplo de esta sensación. Marcado por un inicio explosivo de percusiones y una batería que parece estar inducida en un trance eterno, esta canción describe la peripecia de una relación que no es correspondida. El narrador cuenta de sus fantasías con su pareja, de lo oportuno que sería el estar juntos. Sin embargo, el coro delata al narrador; entre ella más lo olvida, él más se aferra a estas idealizaciones.
Cuanto más se repite el coro, más se va cargando la tensión al punto del frenesí total, que queda abrupto, entrecortado por un voltaje de electricidad. La metáfora de la ameba explica entonces cómo las emociones se dividen y se contagian, tal como un vil parásito. En donde se diluyen las caricias y los recuerdos de un pasado infortunio que nunca será consumado.
Otra de las tonadas que deambula por los fantasmas del pasado es Luna roja. Sin duda, este es uno de los temas que más remonta a sus inspiraciones del hemisferio norte, asemejándose a My Bloody Valentine o Cocteau Twins. Puesto que es una de las interpretaciones del Shoegaze más oscuras e íntimas del repertorio. Aquí, el delay y las reverberaciones de las guitarras reinan sobre la melodía, dando una sensación constante de angustia, que resulta agobiante para quien lo escucha. Son capas tras capas de distorsión que te llevan a un estado profundo de melancolía. Dado que el mar negro que resplandece sobre el enardecido rojo del astro no es otra cosa que una metáfora de un mal benigno.
Es posible interpretar que la lírica y mensajes como “los placeres ciegos” que paga el narrador son a raíz del VIH. Enfermedad que en la década de los 90s estaba presente y que, en aquel entonces, no tenía cura y era tabú referirse a la ETS (Enfermedades de transmisión sexual). Famosos como Freddie Mercury o Keith Haring murieron en manos de este virus. Esta alusión parcialmente se refuerza con el hecho de que las regalías de la canción fueron donadas a la Fundación Huésped, institución argentina que trata enfermos de ETS. Entonces, y tristemente, la carga simbólica del rojo y la atmósfera sombría no solo remonta a la sangre portadora y al decaimiento del infectado; es también una confesión en su estado más vulnerable. Un ruego que se aferra a la poca vida que resta y la exclusión mortal que representa cargar con este mal.
Como Luna Roja, es electrificante la energía que atraviesa cada una de las doce canciones de este álbum. Dynamo en su origen conceptual nace de un objeto que genera electricidad mediante energía mecánica. Cosa que para la banda significó la ficha concreta para simbolizar un cambio radical de energía y acercamiento a la producción musical.
Es en sí un récord en donde la experimentación tecnológica atraviesa de principio a fin la posibilidad de un recorrido sonoro. Porque precisamente al trastocar y romper las barreras, al oyente no se le brinda una escucha lineal o clásicamente narrativa; al contrario, es un llamado a dejarse llevar por el sonido, por el trance y ritmo circunscrito en el deleite de sus capas y las sensaciones.
Además de su capacidad de transformación cuando se sobreponen el medio y la técnica sobre el mensaje de las melodías. Donde la voz —como se llegó a criticar en sus inicios— es un instrumento más de la composición, ya que la composición misma arrebata este protagonismo. Es decir: Soda Stereo no solo rompió esquemas, supo apreciar el cómo por encima del qué. Con el fin de entregar una obra cohesiva, profunda en emoción e innovación, que no hace más que robarme un par de llantos cada vez que reproduzco este ritmo etéreo. Uno que palpita al son de mi frágil corazón.




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