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De María no se enamoran, la habitan

Foto del escritor: Greg Arciniegas
Greg Arciniegas
26 may 2025
2 min de lectura
Ilustración realizada por Laura Torres
Ilustración realizada por Laura Torres

Hace poco empecé a salir con María... 

Cuando tenemos sexo, observo con mucho detenimiento y curiosidad sus curvas y concavidades. Tiene una piel de cemento, corrosivamente ladrilluda y sin mucho arreglo o cuidado, con un par de desniveles en sus brazos y huecos por los poros de sus piernas. En el norte de su cuerpo, hay orden y pulcritud, ahí posan sus mejores atributos; en el sur, por el contrario, se desdibujan las líneas entre el caos y sus huecos—prefiero no tocar mucho por allá. Es como si lo mejor de su cuerpo solo alojara lo mejor al norte, qué extraño. También me deleito cuando acabamos y me dice que ha nombrado a sus lunares y granos. Susurra: “este se llama Turingia, este Kalatea y el de más abajo, Somondonco” mientras me guía la mano al muslo interior de su entrepierna, implorándome continuar. Me pregunto quién o por qué les puso esos nombres tan raros.

 

Mis amigos me dicen que María tiene fama, y no de la buena. Me da pena preguntarle, pero estoy seguro de que ella es de todos y a la vez, de nadie. La han habitado novios gomelos, gringos, chirretes, venezolanos, punketos y políticos; pero nunca se ha mantenido estable con uno solo. Ahora, sé que la buscan entre calles y carreras, incluso su última pareja, un gomelito de esos bien clasistas, la persiguió todo una jornada como un perro mendigo, y lo último que le exclamó antes de rendirse fue: – Aysh, sabe qué María, coma mierda. Usted lo qué es, es puta.– “¿Puta?” Me pregunto yo. Y me respondo igual, “Sí, María es puta a más no poder, aun así la amo con cada fibra de mi ser.”  


Lo que más me impresiona es cuando salimos de fiesta. Por las calles parecidas a sus mejores atributos, me trata de “huevón, marica”, mientras escuchamos house y tomamos whisky añejado; en el centro, escuchamos metal pesado por cientos de cuchitriles, ella se pinta las uñas de un negro que grita rebeldía, la cara de tonos góticos y por eso nuestro ocio siempre es poguear hasta que salga el sol; por el sur de sus huecos tobillos y deformidades, vamos a antros de mala muerte, se pone sus gafas anti reflejos, me tira de “socio y makia” con risueño, se manda una línea de tusi y baila una guaracha escurridiza, sin falta bien pegadita a mí. Y eso no es lo mejor, lo mejor es ver cómo se congregan al unísono ñeros y gomelos ante su despota belleza, impuesta por sus ojos, color tormenta y voluptuosas cualidades. Entramos a cualquier lugar y parece que los estratos y las clases desaparecen, ella irradia esmog y todos se convierten en sus súbditos con el acto de contemplarla. En última instancia, siempre acaba rechazando a cientos al perrear toda la noche conmigo.

 

Hmmmm... María es muy compleja, eso nunca lo he dudado, algunos dirían que es demasido pluricultural, otros de lleno: caótica, pero para mí su apellido siempre me lo ha dicho todo. No es rara, ni desquiciada, ni mucho menos ruidosa, si la pelada al fin y al cabo se apellida Bogotá. 

 
 
 

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